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    abril 22, 2005

    Carrillo, ni puñetazos ni homenajes

    En una apabullante columna en el diario gratuito Metro (¿quién me mandará?):
    Cumplió noventa años lúcidos y activos el pasado mes de enero, y sus amigos le organizaron una fiesta poco después, con derroche de nostalgia roja y muchas fotografías para inmortalizar el evento. Parecía que este hombre ya había pasado, definitivamente, a los libros de historia y a las vitrinas del recuerdo. [...] Mal andamos si, a cuenta de los de siempre, hay que pegarle una paliza al abuelete Carrillo. [...] Carrillo gustará más o menos, tendrá sus admiradores y sus detractores, pero se merece un respeto, coño. Lo bonito de la democracia (que otras cosas tiene el sistema menos ilusionantes) es que uno puede disentir del vecino, con respeto y buenas razones, sin por ello agarrarle del cuello para partírselo.


    Carrillo bien se merecería un homenaje por su labor en el exilio durante la dictadura de Franco, y por su papel en la transición democrática española (como tantos otros).
    Lo que no sé es si un familiar de las víctimas que "el abuelete Carrillo" ordenó fusilar (me refiero a las monjas o a los curas, no a los soldados) debería profesarle respeto. Quizá sí, el mismo respeto que merece un criminal de guerra arrepentido de sus actos -¿se ha arrepentido Carrillo públicamente?-, que además se ha esforzado por trabajar por España (como tantos otros), una vez que esa guerra tuvo que quedar atrás para hacer avanzar la historia política del país.

    Pegarle en un acto de presentación pública es bochornoso, y así lo ha expresado el coro de voces con púlpito. Pero agasajarle públicamente en un sarao es igualmente insostenible (y casi nadie -salvo los de siempre- ha dicho ni mu).
    Insostenible, porque la transición selló un pacto. Un pacto de silencio, de "perdón", de borrón y cuenta nueva. Un marchemos sin mirar atrás por la senda democrática. Y ese pacto de silencio obliga a cumplir ciertas normas, como las de no sacudir el polvo a fantasmas que despiertan heridas.
    Pero el silencio no vende periódicos, ni libros, y deja descontentos tanto a ganadores como a perdedores. La gente no quiere olvidar porque olvidar supone una dieta de adelgazamiento histórico, un desmembramiento del ego, una pérdida de la identidad buscada a priori.
    Así que el pacto de la transición debe ser roto una y otra vez en pro del justifíqueme usted estos gastos. Como no tengo un programa político, me acuerdo de mis muertos. Como no sé qué hacer con el futuro, me regodeo en mi vergonzoso pasado.
    Si alguien todavía cree que en los años treinta había buenos y malos en España, debería reducir el consumo de producciones hollywoodienses. Si alguien todavía cree que los unos luchaban por la libertad y los otros por el ostracismo, es que no se ha preocupado por trascender más allá la Educación General Básica.
    Así que volvamos al pacto de la transición, que aún queda mucho por hacer. Menos homenajes y más proyectos por mejorar una Europa que se tambalea, unas viviendas que se cierran y unas venas que se abren.

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    1 Comentarios:

    Anonymous Fernando dijo ...

    Absolutamente de acuerdo contigo.

    Creo que debemos avanzar, y dejar que lo que pactamos olvidar se acabe muriendo, pues si no, la volveremos a repetir la historia, mas tarde o mas temprano.

    Un saludo.

    abril 23, 2005 2:50 p. m.  

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