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    diciembre 01, 2004

    Una amazona en Alberto Aguilera

    Extraído de mi diario, hará cosa de un mes:
    Espero aparcado en el carril bus de Alberto Aguilera, enfrente del Massimo Dutti de mujeres, mientras mi mujer compra kilo y medio de regalo para una buena amiga. Las niñas duermen sin añoranza en sus asientos traseros, y yo disfruto con mi lectura desapasionada de Madame Bovary la radio vertiendo filigranas: Suddenly, I am not half the man I used to be. De repente, un Alfa Romeo se para a mi altura, para depositar grácilmente a una amazona de unos veintidós años, del tipo dependienta de Zara, con ceñido conjunto negro que combinado con el color del coche de su amado me recuerda a Stendhal. El reloj de mi salpicadero marca las 13.50 h. Esta noche ganaremos una hora. La amazona avanza moviendo todo lo que tiene que mover, y sube a la acera como si pusiera pie en la pasarela Cibeles. Llamarla guapa sería meterla en un saco demasiado amplio para ser exacto. Es una mujer extremadamente bella, de-foto-revista-película-telenovela. Es una definición larga y acertada de la belleza. He perdido la página de mi libro. Calza la amazona unas zapatillas verde fósforo, que me hacen olvidarme de Stendhal. Y las posa, una tras otra, sobre la acera, como probablemente me recomendaría mi médico. Tiene dos piernas, y esto no supone milagro. Todo esto lo anoto, porque me causa un efecto que reclama mi atención. Es una corriente de felicidad y liviandad que se apodera de mí al contemplar la escena. La amazona se vuelve despreocupada to blow a kiss, dejando que el beso flote solo para llegar a su novio, que una vez la amazona desaparece en el Corte Inglés, arranca de nuevo el Alfa Romeo y se pierde al girar a la derecha en el semáforo de Serrano Jover. Hay algo en la sencillez sofisticada, en la naturalidad impostada de la pareja (de la cual solo he vislumbrado al miembro con mayor interés psicológico) que me proporciona ligereza. Pasan por mi mente acelerada un sinfín de epítetos en potencia, que no logro detener. Esa mística indescriptible de las tensiones efímeras. Anoto con fruición en mi libreta, pero los balbuceos no me ayudan en la posterior trascripción. Juventud, belleza, liviandad, maquillaje, horarios laborales, relaciones ingrávidas, ideal literario, estética, poder económico, &c. En la boca me queda un sentimiento mixto de jamón y hierro. Parece que, como en una película intrascendente, la amazona haya dibujado para mí una existencia sin raíces terriblemente fácil de llevar, donde no existen las discusiones, ni las meditaciones que desgarran un turbado interior, ni las preguntas ni las respuestas. Vivir es un kayak fluyendo tontamente por un río de pendiente ligera. Sin embargo, mi existencia es un bote de remos que zozobra en un pantano sin más salida que una presa inexpugnable. La amazona de las calzas verdes es un anuncio publicitario de algún perfume nihilista. Es la expresión del por qué más allá, cuando lo tenemos todo acá. Un cuento de veinte segundos para niños mayores de treinta años. Cuando todo ha pasado, y solo queda en mi parabrisas el recuerdo de un cine de verano, mi mujer aparece de la nada, y me sonríe y me pide perdón por la tardanza, y entonces partimos raudos para no perdernos el atasco de Guadarrama.

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    1 Comentarios:

    Anonymous Anónimo dijo ...

    que fomeeeeeeeeeeee¡¡¡¡¡¡¡ na que ver que cursi¡¡

    marzo 11, 2006 3:29 p. m.  

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